La primera vez que vi
Luces rojas me gustó, porque soy una yonquie de la tensión, del thriller, de la investigación en las tramas, y si me marean, me hacen dudar, mejor.
Fincher, Shyamalan, Nolan, Hitchcock. Una buena parte del cine que me gusta está en ellos, en sus películas. A Luces rojas sólo le puse un pero: quería saber más de esta historia, necesitaba conocer las motivaciones del director, sus influencias, los guiños que se escapan. No me importaba si Rodrigo Cortés cree o no en fantasmas. Ni yo misma sé en lo que creo. Fijarme en la moneda que recorre los dedos de Cillian Murphy seguramente me había hecho concentrarme en la mano equivocada. Le buscarás el truco y, tal vez, por ello, te perderás algunas buenas pistas. O eso es lo que yo pensé. Hoy la he visto por segunda vez en
una quedada con blogueros organizada por la gente de
Marcasfera, conociendo el truco final, y no me ha defraudado lo más mínimo. Algunas escenas, algunos diálogos, determinados detalles, van ofreciendo pistas, adquieren un nuevo significado. Sigo sin saber si creo o no en sucesos paranormales. Ni idea. Pero me gusta lo que esconde la magia, el cine lo es. Y Luces rojas tiene algunas premisas que dan mucho juego, más de lo que se puede ver en apariencia.
Crítica.
Casi un año y medio después del aplaudido estreno de
Buried regresa
Rodrigo Cortés con otro ambicioso proyecto, rodeado de nuevo de una
inusual, aunque más comprensible, expectación. Esta vez no se trata de
una caja (aunque se mencione la de
Faraday) sino de algo aún más
pequeño: una moneda, un cuarto de dólar que se desliza entre los dedos
de Cillian Murphy y que,
los espectadores, hipnotizados, no podrán dejar de mirar. Cuidado dónde
miras, o mejor, dónde no miras, o más importante, por qué lo miras.
La
moneda, cara y cruz de este rompecabezas de creyentes y escépticos, no
se puede lanzar sin más. Cortés exige, como en la magia de cerca, toda
tu atención. Tal vez no lo pretendió, pero ha conseguido el efecto
contrario: no podrás evitar buscarle el truco a Luces rojas. Es lo que
hay. Como cuenta en
Hugo Scorsese, el gran
Méliès fue director, después
de mago. Algunas de las claves se esconden en los detalles. Como esos
pájaros hitchcockianos que se chocan contra las ventanas (para los fans
de
Perdidos un easter egg en toda regla). O el guiño a
Richard Matheson,
autor del mágico Now You See it… y escritor fetiche de
Stephen King.
Tal vez, florituras de guión o tal vez no. Pero estarás alerta.
Luces
rojas se parece en su arranque a
El ilusionista, en que era un poli el
que persigue el
fraude; a
El último exorcismo, en que se intenta desenmascarar la
farsa… Filmes inspiradores con protagonistas masculinos (Murphy recuerda
el empecinado Gyllenhaal del
Zodiac de Fincher). Por eso, es
refrescante ver a una madura
Sigourney Weaver con un ayudante más joven,
la habilidad del director para emparejar ambos personajes, y
desarrollar el de Murphy en su psicótica obsesión por el psíquico, ese
De Niro con aura de
estrella de rock. Conseguir que
El Actor se plante
unas lentillas blancas de ciego y levite sin despeinarse no tiene precio
(estaría encantado: su gran amigo el mago
David Blaine también vuela
sobre el escenario). Con un diálogo y amaneramientos perturbadores,
podría parecernos que se pierde en la sobreactuación. Pienso que por
motivos de la trama (como no profundizar en ciertos aspectos de los
personajes). Sin embargo, a Leonardo Sbaraglia estallar como una granada
nunca le ha sentado tan bien.
Y poco más
se puede comentar de este thriller paranormal sin desmontar el
tinglado. A Cortés también le fascina el huevo Kinder
Shyamalan, la
sorpresa final. En Buried ya se la jugó, en Luces rojas va a por todas.
Poco le han favorecido esta vez las opiniones al otro lado del charco y
eso seguramente condicione más de un visionado (recomendamos un
segundo). Pero es que no hay truco sin sorpresa. Para bien o para mal,
que para eso también firma el guión, el verdadero mago de Luces rojas es
Rodrigo Cortés.
[Crítica publicada en el número de Cinemanía de marzo]
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Cuando fui al pase comenté
en Twitter que iba con grandes expectativas tras
Buried. Rodrigo Cortés me recomendó, como ha hecho en varias entrevistas, ver la película sin esperar nada, que viese una peli, que viajara.
Cuando le comenté que había viajado y me había gustado, se alegró, claro, sobre todo porque no todas las críticas han sido positivas.
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Tras ver Luces rojas por segunda vez en el pase para blogueros comento más cosas por aquí. Ojo, puede contener spoilers.
(puede contener spoilers)
Rodrigo Cortés se niega a dar la receta, a descubrir el truco. No es
JJ Abrams (o
sus guionistas, acostumbrados a explicar la mitología), eso lo deja
claro, preguntándose además perplejo si puede haber un director que
desvele lo innecesario. Habla de
Kubrick, imposible sumar 2+2 y que te dé 2001. Pienso en los cuadros de
Dalí. Leer sobre lo que miras, a veces, es parte del juego, de la magia del arte. También en el documental sobre
Apocalypse Now.
Curiosamente a la escena más enigmática de Luces rojas, Rodrigo Cortés y
De Niro la llamaron así. La escena apocalypse. Una habitación
misteriosa, con gruesas cortinas rojas, una solitaria silla. No es
David Lynch,
dice Rodrigo. Yo no le contradigo. Cada uno ve lo que quiere ver. Yo
veo mucho del cine de Shyamalan, y mi película favorita del director. El
protegido, el héroe perdido, el villano con minusvalía, el gran
secreto. Rodrigo tampoco lo cree.
Luces rojas también juega con la
atención del espectador, del detalle, como ocurría con
Lost.
¿Obsesionada con
Perdidos como Tom Buckley con Simon Silver? (
En mi entrevista a Rodrigo Cortés sobre series, el director habló de Perdidos, serie que veía). Un vídeo
de promoción me dice que busque luces rojas. Una gran luz roja parpadea
en la enigmática habitación. En un cartel del pasillo que dirige a
Buckley a su encuentro cara a cara con su némesis leemos LOST. Una
franja de sal separa ambos personajes. No pienso en el humo negro, pero
sí siento un invisible duelo entre el bien y el mal, la fe y la razón,
el escepticismo y la confianza. Entre los personajes de Jack y Locke. Por no hablar de los pájaros que se
estrellan contra el cristal.
Buckley hace magia de cerca; Silver es un
David Copperfield
ciego. La primera se intenta explicar; con la segunda te dejas llevar.
Veo Luces rojas como el gran truco que necesita ser desvelado. Lo busco,
creo encontrarlo, me olvido, me es explicado. Creo que el gran
incrédulo de Luces rojas es el propio Silver. Me hace gracia cuando le
dice a la émula de Ophra Winfrey que sabe que tiene una cuchara en la
mano porque ha visto parte del mango sobresalir de su bolsillo. Enorme y
escurridiza pista. O la falsedad de un personaje como el que interpreta
Leonardo Sbaraglia. No hay un buen thriller sin una pista
errónea. Un macguffin que des-pista. El impostor con mayúsculas.
Generoso en las escenas de experimentos seudocientíficos (hay una parte
que recuerda al
falso documental de 15 días),
es en ellas donde Cortés revela los trucos... pero de otros. De Niro es
la luz roja de esta película, una suerte de estrella de rock que nos
ciega. La moneda con la que juega Buckley, con la que jugará el
espectador. Y en eso Cortés hace un espectacular juego de magia, nos
engaña y nos dejamos engañar. Viendo una vez a David Copperfield salimos
literalmente agilipollados del show. Todos sabíamos que ESO era irreal,
imposible de hacer. Sin embargo, cuando Tamariz o Luis Piedrahita te
hacen un truco de cerca, quieres saber cómo se hace ESO, le buscas
irremediablemente el truco. Luces rojas tiene además un punto y final
apoteósico. Algunos lo verán desmadrado, sobreactuado, pero se entiende
desde los ojos de ese Buckley, una fuerza de la naturaleza mirándose al
espejo. A mí me queda un poso de amargura, tal vez la moraleja de Luces
rojas: que la única persona que te hizo dudar, doctora Matheson, fuera
más escéptica que tú.
(fin posibles spoilers)
+Mi crítica de Buried.
+Mi entrevista a Rodrigo Cortés sobre series, y Perdidos.
Más críticas.
+Blog de cine.
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+Aullidos.
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+TrailersyEstrenos.
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+Las horas perdidas.
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+Sensacine.
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+ViviendoEventos.
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